Resumen personal Semana 30 de noviembre al 06 de diciembre de 2014

“La responsabilidad desde la mirada  de Manuel Cruz”

“Responsabilidad, responsables y respondones”

  • Es de la creciente importancia que ha ido adquiriendo en los últimos tiempos la categoría de responsabilidad. Nos la podemos encontrar a diario en los más diversos contextos, tanto para hacer referencia a las actitudes que se esperan de los políticos, como al signo de las reformas laborales pendientes, pasando por los problemas educativos (donde las apelaciones a la responsabilidad circulan en todas direcciones), familiares (con el descubrimiento, por parte de algunos gobiernos europeos sedicentemente progresistas, de la responsabilidad penal de los padres como fórmula mágica para acabar con la violencia juvenil) o incluso los deportivos (no hace mucho me sobresaltaba la lectura de este titular en la sección de Deportes del periódico El País, de Madrid: «El presidente de la Generalitat subraya las responsabilidades del Barça».

Sin duda, sectores conservadores se están sirviendo de la noción de responsabilidad individual con el poco enmascarado propósito de vaciar de contenido la noción de responsabilidad colectiva, que a ellos les incomoda en la medida en que implica costosos compromisos de solidaridad con los segmentos sociales más desfavorecidos.

 Siguiendo esta lógica, va de suyo que la responsabilidad sólo lo es de las acciones humanas protagonizadas por individuos particulares identificables. La responsabilidad, vendría a ser la conclusión, se mueve en un plano menor: en la calderilla de las acciones humanas individuales. Esto, claro está, constituye todo un programa de desistimiento generalizado, de abandono de cualquier esfera mayor relacionada con lo público, lo común o lo político.

 Ahora bien, si del ámbito (vamos a llamarlo así) filosófico-político pasáramos al de lo filosófico-moral, comprobaríamos que ahí también el empleo de la idea de responsabilidad. sí conviene puntualizar algún extremo. En primer lugar, hay que señalar que cuando se entra a considerar aunque sea muy someramente las diferencias entre los conceptos de culpa y de responsabilidad se percibe, quizá mejor que de otra forma, los elementos positivos que ofrece el segundo. El hecho de que la responsabilidad se puede delegar, acordar o incluso contratar nos da la indicación adecuada para lo que queremos señalar (¿qué hacemos, si no, cuando firmamos la póliza de seguro del coche?). En la medida en que responsable es aquel o aquella instancia que se hace cargo de la reparación de los daños causados, la generalización de ese mecanismo informa de un cambio de actitud colectiva.

 Un cambio que podría sintetizarse así: a partir de cierto momento de desarrollo de las sociedades modernas, se asume que, con independencia de quién pueda ser el culpable, cualquier mal debe ser reparado.

 No es obvia ni trivial esta nueva actitud. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, los hombres tendían a reaccionar ante el dolor, la catástrofe o la injusticia en una clave de resignación o de fatalidad que, en el mejor de los casos, posponía a una vida ultraterrena la reparación de los sufrimientos padecidos en ésta. Hoy hemos incorporado a nuestra mentalidad, a nuestro sentido común, algo tal vez más importante aún que el principio de que el delito no debe quedar impune, y es la idea de que el mal (aunque sea el mal natural, por decirlo a la vieja manera, esto es, aquél sin responsable personal alguno posible) debe ser subsanado.

  • Responsabilidad es en lo fundamental por los propios actos, sólo consigue estar a salvo de las reclamaciones ajenas aquel que nunca yerra, el que no lleva a cabo acto alguno o, la más inaceptable de las hipótesis, aquel cuyos actos, como los del niño o el loco, no son tomados en cuenta por nadie. Pero, a pesar de ello, se diría que ese estar a salvo de todo reproche ha terminado por convertirse es una de las fantasías dominantes en nuestra sociedad, cuya caricatura cruel es el desenvuelto cinismo con el que los mayores criminales, los más grandes estafadores, los autores de los más monstruosos genocidios, acostumbran a declarar que no se sienten culpables de nada.

 En este sentido, bien pudiera decirse que la responsabilidad denomina la determinación intersubjetiva de la acción, convierte en operativo casi en instrumental ese rasgo, en apariencia redundante, con el que se califica la acción cuando se le denomina acción humana. El énfasis debiera tener consecuencias teóricas relevantes. Porque si hasta aquí hemos intentado advertir de los efectos negativos que pudiera tener tanto un olvido sistemático del concepto de responsabilidad como su confusión con otros conceptos análogos pero diferentes, ahora convendría destacar hasta qué punto la conexión con la idea de acción no se agota en la simple constatación del emparejamiento exterior un simple qué le corresponde a quién, sino que afecta al contenido de ambas categorías.

  • Las tesis de Hans Jonas la afirmación de que la responsabilidad de los hombres de hoy se ha ampliado hasta alcanzar a las generaciones venideras. Ha aparecido, por seguir con el mismo orden de formulaciones utilizadas hasta ahora, un nuevo ante quién responder de nuestras acciones presentes: aquellos que aún no son.
  •  Pero dicha aparición no es, en lo básico, la consecuencia de la introducción de un nuevo criterio teórico para entender la responsabilidad pongamos por caso, porque hubiéramos ensanchado tanto nuestra idea de universalidad moral que hubiera terminado por abarcar incluso a los que están por llegar, sino el resultado de que en la actualidad nuestro poder ha alcanzado una magnitud históricamente inédita y nuestra capacidad para llevar a cabo acciones que producen efectos de largo alcance se ha desarrollado de forma extraordinaria93 hasta poder alcanzar a los futuros habitantes del planeta. Por decirlo con extrema verticalidad: ese nuevo ante quién (responder) es el efecto necesario de un nuevo de qué (se es responsable).
  •  Establecida la conexión, realizado el contacto entre categorías, podemos recuperar alguna de aquellas afirmaciones del inicio que entonces se tuvieron que plantear de forma meramente programática, esperando que ahora obtengan adecuada justificación.
  •  Así, de la constatación, básicamente correcta, de que con nuestros comportamientos modificamos la vida de los otros, de que constantemente actuamos en sus sentimientos, en sus impulsos, en sus odios y en sus simpatías podemos extraer la conclusión de que puesto que tanto podemos influir en los demás nada es gratuito y estamos cargados de responsabilidad. Pero también podemos enunciar esto mismo desde el otro lado, evocar a Arendt,94 parafrasear a Wittgenstein y decir que, de la misma forma que no puede haber lenguaje rigurosamente privado, así tampoco cabe hablar en sentido fuerte de acción humana privada.
  •  Esos casos en los que parece darse por descontado que existe un bien precedente al que por lo visto se tiene derecho, que podríamos llamar el bienestar o la felicidad, bien que fue destruido a causa del sufrimiento provocado por la conducta de alguien, y que ahora debe ser reparado, restituyendo la placidez inicial. No se trata de oponer a un ingenuo optimismo, de inspiración levemente rousseauniana, un pesimismo de corte nítidamente conservador variante «hemos venido a este mundo a sufrir», «estamos en un valle de lágrimas», o similares sino de llamar la atención sobre los efectos de mantener determinadas premisas. ¿Y qué es lo importante del hecho de que la reclamación de responsabilidad suela presentarse como la mera exigencia del restablecimiento del estado de cosas existente antes de la intervención dañina? Muy simple: que el reclamante aparece como alguien que no hace nada, casi completamente pasivo. Alguien que se limita a reclamar que todo vuelva a estar como antes.

 El castigo es, manifiestamente, una forma de actuar sobre quien obró primero. No se limita a reclamar del otro respuesta sino que responde, él mismo, a la acción perjudicial.

 La propia responsabilidad presenta sus peligros, siendo el más destacado el de propiciar cierto oscurecimiento de la naturaleza de nuestro obrar.

  •  El oscurecimiento no se reduce al mencionado hecho de que la propia acción, cuando se presenta como reclamación, no sea percibida como tal acción: podemos hablar, más allá, de la producción de un auténtico mecanismo de desconocimiento. Lo más negativo del victimismo, de esa tan generalizada disposición a instalarse ontológicamente en el lugar del reclamante, es la tendencia a la desracionalización que genera y propicia. Porque lo que concede a la víctima su condición de tal no son las razones que la amparan, sino los agravios de que ha sido objeto. Probablemente cuando mejor se percibe el alcance de dicha tendencia es cuando la vemos funcionando en el debate político.
  •  La apelación a la responsabilidad no ha de convertirse en la sistemática ocasión para un resentimiento paralizante. Antes bien al contrario, debería servir para lanzarnos hacia la acción, a sabiendas de que algo hay en ella que es nuestro, que nos pertenece aunque no en régimen de propiedad privada. Es evidente que, en primera instancia, sonará raro hablar de pertenencia a propósito de la acción, pero más raro debiera sonar lo de la pertenencia hablando de las personas, y no hacen sino bombardearnos por doquier con el mensaje de que pertenecemos a una comunidad. En realidad, lo que se ha pretendido con todo lo anterior ha sido enfatizar que la acción no es un territorio ocasionalmente atravesado por los sujetos, sino una de las dimensiones constituyentes de su identidad. Ése es el elemento de profunda verdad que contienen afirmaciones como «Somos aquello que hacemos». En todo caso, la responsabilidad, tomándole prestado por un momento el juego de palabras a Kant, tendría que ser el test de nuestra mayoría de edad, no la excusa para permanecer en un peterpanismo
  • No está en cuestión la conveniencia de que nos hagamos responsables de aquello que nos compete: a favor de eso ya se ha argumentado lo suficiente. Pero hay que ir más allá y empezar a introducir la idea de una responsabilidad mucho más genérica, una responsabilidad por lo que nos va pasando. La idea nos autorizaría, en el límite, a hablar de responsabilidad por la propia vida. Ese podría ser el contenido adecuado99 de la expresión ser responsable. Sería responsable aquel que se hiciera cargo de la propia vida en su conjunto: quien fuera capaz de asumirla como el que asume un destino.
  •   La exhortación a ser responsables así, en general lo que hace, en cambio, es subir la apuesta, elevarla al rango de un compromiso mayor, de carácter casi universal.

 

  • Hans Jonas hubiese hablado, probablemente, de un compromiso con el género humano, con la propia especie. Compromiso que, en todo caso, nos obliga a encarar una nuevaúltima pregunta: ¿quién tendría derecho a reclamar por tanto? Lo que es como decir: ¿ante quién somos responsables con esta otra responsabilidad global? Probablemente la respuesta vaya de suyo, como de suyo van las cosas: somos responsables ante quienes nos necesitan.

“Interludio (intencionado) sobre la modernidad y el mal”.

  • Al hombre contemporáneo se le han ofrecido durante los últimos decenios dos grandes tópicos para cauterizar el horror, para hacer más llevadero el insoportable recuerdo de haber sido capaz de erigir ese monstruoso monumento de dolor, de envilecimiento y de crueldad que fue el Holocausto. De un lado, estaba el tópico de la anomalía, la excepción o la enfermedad como figuras para desactivar la barbarie. El tópico admitía diversas versiones, desde la más focalizada, que localizaba en unos pocos fanáticos sanguinarios el origen de lo sucedido,107 hasta la más aparentemente crítica, que abordaba la cuestión de la responsabilidad moral que en todo aquello tuvieron Alemania y los alemanes.
  • la Ilustración la responsabilidad sobre cuantos excesos puedan haber cometido los hombres cuando han apelado a su pasión o a sus deseos en vez de hacerlo a la razón y han sido incapaces de resolver adecuadamente sus conflictos.
  • La obra de Zygmunt Bauman Modernidad y Holocausto,109 consistente en considerar el Holocausto como una ventana a través de la cual se vislumbran cosas que suelen ser invisibles. El Holocausto constituye, en efecto, un problema de nuestra civilización y de nuestra cultura: su análisis resulta inexcusable a la hora de abordar una reflexión debidamente actualizada del estado del proyecto ilustrado. Sin aceptar la tesis adorniana de la inevitabilidad del Holocausto como callejón sin salida al que se ve abocada la Modernidad, cabe plantear que la civilización moderna representa una condición necesaria, aunque no suficiente, para aquella barbarie.110 En efecto, fue precisamente la utilización de la racionalidad tecnológica, de la eficacia burocrática y de la ingeniería social, rasgos todos ellos característicos de la Modernidad y constituyentes de la estructura básica de la sociedad del momento, lo que hizo posible tanto desde el punto de vista material como ideológico el fenómeno del Holocausto.
  • Pero pongamos los acentos donde corresponde. Tomar distancia, o expresar alguna reserva, respecto de una forma, particularmente difundida en los últimos años, de tematizar la cuestión del mal y el problema de nuestra responsabilidad ante él, en modo alguno implica desentenderse del pasado o abdicar de todo vínculo con lo ocurrido. Lo que verdaderamente implica es una afirmación de lo que se considera no sólo importante, sino de todo punto insoslayable: el combate contra cualesquiera formas de injusticia y desigualdad que puedan darse en el presente. A fin de cuentas, incluso quienes son más proclives a utilizar el Holocausto como tropo universal bajo el que subsumir cualquier historia traumática admiten (¿podría ser de otra manera?) que la función que cumple la evocación de los sufrimientos padecidos en el pasado por la humanidad es la de proporcionar herramientas de enorme utilidad tanto teórica como práctica para desarrollar eficazmente aquel combate.
  • Como es lógico, esta argumentación en modo alguno refuerza o avala la perspectiva de los críticos del concepto de responsabilidad. Si nos hubiéramos abandonado a la mencionada tentación de la inocencia121 a la que con gran insistencia nos invita la sociedad actual (con la inestimable colaboración de buen número de autores contemporáneos) la reflexión que estamos planteando ni tan siquiera podría
  • Lo que ahora toca plantearse es cómo pudo ser que ese mismo hombre, que fue capaz de llevar en muchos momentos a la sociedad por la senda del progreso, que creó las condiciones de su bienestar, también la llevara (y la mantenga) al borde mismo de la catástrofe. En todo caso, algo debimos de hacer mal desde el momento en que la promesa de la Modernidad que es la promesa que nos es más propia, aquella particular promesa constituyente a la que antes se hizo alusión parece más amenazada que nunca. Los hombres, que llevan en sí los gérmenes de su propia disolución, no pueden continuar demorándose en esa enfermiza querencia hacia la autodestrucción y el caos, que parece ser el escondido signo de nuestra realidad. Hay que salir de aquí. Si la humanidad anda perdida, como piensa Finkielkraut, habrá que buscar (o inventarse) el camino.

“La responsabilidad, el futuro y la escala adecuada (una pequeña puntualización sobre Hans Jonas)”.

  •  Hans Jonas (se hace insoslayable la mención a Husserl y a Bultmann), pero sí, sin duda, la más determinante. Su famoso imperativo ecológico, formulado a la manera kantiana («obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una auténtica vida humana sobre la tierra»), resulta sumamente opresivo de una sensibilidad filosófica muy alejada de la de los teóricos de la esperanza o la de los progresistas de cualquier variedad. Jonas piensa desde el firme convencimiento: que la humanidad se encuentra en serio peligro hasta el extremo de que puede afirmarse que tiene hoy a su alcance posibilidad del suicidio, y de que sólo hay una cosa pero complicada que hacer: constituirnos en seres responsables. Hacernos cargo de nuestro propio mundo. Pero una propuesta de este tenor obliga a determinadas tareas. De un lado, si no se quiere convertir el mencionado imperativo en un enunciado excesivo y, por ende, en última instancia vacío, hay que intentar obtener el máximo conocimiento sobre las consecuencias previsibles de nuestra actuación colectiva con el objeto de determinar en qué forma tales consecuencias determinan y amenazan el destino de la humanidad futura. Esta tarea, ya anunciada en su texto El principio de responsabilidad”.

 

  • Algunas de las líneas en las que se desarrolla el discurso de Jonas. En particular, aquella que señala que estamos obligados a pensar acerca de las consecuencias remotas de nuestras acciones, obligación que se deriva del nuevo poder adquirido por el hombre contemporáneo.

 

  • En este sentido, la responsabilidad nos sobreviene involuntariamente de la increíble extensión del poder que ejercemos diariamente al servicio de lo que nos es más próximo, pero que sin pretenderlo hacemos que actúe en la lejanía.

 

  • El teólogo cristiano Richard Niebuhr, quien en su obra póstuma El yo responsable comparaba las antropologías del ser humano como hacedor, el ser humano-como-ciudadano y el ser humano-como-respondedor. Con el primero se relaciona una ética teleológica y consecuencialista: para el constructor o el artista la acción moral se concibe, según el modelo de la técnica, como la búsqueda consciente de un fin. Al modelo del ser humano-como-ciudadano corresponde una ética deontológica, en cuyo marco la acción moral se concibe como el actuar junto a los demás de acuerdo con alguna ley dada. Finalmente, al ser humano-como-respondedor correspondería una ética de la responsabilidad, de la escucha atenta a una realidad compleja y el intento por actuar en armonía con lo que ya está sucediendo. En este respondedor atento a las voces de los otros hallamos una figura que desembocaría con naturalidad en una ética ecológica.
  • Finkielkraut Vale la pena, aunque sea con carácter excepcional, reincidir en el argumento y en sus palabras: Quizá no haya habido en la historia fantasía más desatada, sueño más loco, que el de un mundo regido por los principios de la razón. Quizá nunca desvarió tanto el hombre como cuando aspiró a un futuro en el que las relaciones no vinieran determinadas por la riqueza o el dominio, ni el conocimiento nublado por la superstición. O acaso, simplemente, midió mal sus fuerzas y terminó pagando muy cara su arrogancia de enfrentarse a uno de los miedos más ancestrales de la humanidad, el miedo a hacerse cargo de las riendas de su propio destino. A declararse responsable de él, finalmente.

    [1] Cruz Manuel, “Las malas pasadas del pasado”, 40-65, Artículo digital, fecha de consulta: 30 de noviembre de 2014, disponible: http://e-spacio.uned.es:8080/fedora/get/bibliuned:filopoli-2007-30-0012/PDF

     

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