Resumen personal Semana 05 al 11 de octubre

“La emoción como enfoque existencial”

“Los filósofos se han referido mucho a las pasiones, a los sentimientos, a los afectos, centrales estos últimos en la Ética de Spinoza, o en el Tratado de Descartes sobre las pasiones, a las que llama «afecciones del alma». En todos los casos, el término en cuestión evoca algo que el individuo padece, que le sobreviene, que le afecta y que no depende de él. El Diccionario de la Real Academia Española dice, tanto de los sentimientos como de las emociones son «estados de ánimo.

 Los filósofos, se interesan por las emociones, los sentimientos o las pasiones, desde el punto de vista de la relación que puedan tener con la razón. Hoy abunda la tendencia a considerar que existe entre lo sensible y lo racional un vinculo continuo, siendo difícil separarlos. Las emociones son racionales y propositivas más que irracionales y disruptivas, se parecen mucho a las acciones, escogemos una emoción como escogemos una línea de acción”.[1]

Por lo que es importante considerar la ética involucrada a las emociones ya que “Una ética que cuente con las emociones y la posibilidad de gobernarlas tiene como objetivo la formación del carácter más que la fundamentación de los grandes principios. Aristóteles, Spinoza y Hume, tuvieron muy en cuenta la importancia del conocimiento para la ética y, en especial, del conocimiento que empieza por uno mismo. Del esfuerzo por conocerse uno mismo, por conocer el trasfondo cognitivo y las reacciones emotivas que dicho trasfondo provoca, del esfuerzo por conocer eso que llamamos el propio temperamento, la manera de ser, el carácter, se sigue la capacidad para cambiar de rumbo, rectificar las creencias y autodominarse”. [2]

“La ética no puede prescindir de la parte afectiva o emotiva del ser humano porque una de sus tareas es precisamente poner orden, organizar y dotar de sentido a los afectos o las emociones. La ética no ignora la sensibilidad ni se empeña en reprimirla, lo que pretende es encauzarla en la dirección apropiada. [3]

De ahí, que  hay que visualizar “En definitiva, la conjunción de razonamiento y emociones que busca un equilibrio emocional que no es pura y simplemente el resultado de una imposición o represión de la razón sobre la emoción. Lo dice muy bien Ignacio Morgado en una excelente exposición de tal equilibrio: «No imponemos la razón a los sentimientos, sino que utilizamos aquélla para cambiar nuestras emociones y la conducta que de ellas deriva”. De las diferentes teorías establecidas para entender y explicar las emociones, la que prevalece y se impone es la llamada «teoría cognitivista», según la cual las emociones tienen un sustrato cognitivo y no meramente sensitivo.

 La teoría no es en absoluto nueva, pues fue Aristóteles el primero que vinculó las emociones al conocimiento. En la Retórica se refiere a las emociones como «aquellos sentimientos que cambian a las personas hasta el punto de afectar a sus juicios». Pero también dirá que los juicios o cogniciones afectan a las emociones y son la causa de que éstas tengan lugar”. [4]

“De un modo parecido, Justin Oakley, en un libro dedicado a las emociones y la vida moral, define a las emociones como «un complejo de afectos, cogniciones y deseos». Emociones como el miedo o la compasión consisten, en efecto, en modificaciones corporales o psíquicas que indican que hemos visto, oído o adivinado algo que nos afecta, que produce en nosotros una suerte de conmoción en principio física: un susto, un sobresalto, una mueca de disgusto, un temblor. Aunque la afección de entrada es corporal y está provocada por algo externo a nosotros, en el fondo de ella yace algún pensamiento o creencia relativo a lo que acabamos de percibir, y que nos lo señala como algo temible o digno de atención”.

Las emociones han sido definidas también como «disposiciones mentales» que generan actitudes. Su vinculación con el deseo las convierte, efectivamente, en disposiciones a obrar, que proporcionan a la persona una orientación, la cual viene dada por las creencias que uno tiene sobre la realidad, y se proyecta hacia un objetivo propiciado por el deseo. Las creencias proveen a la persona de una «imagen del mundo que habita», mientras los deseos le proporcionan «objetivos o cosas a las que aspirar». El puente que vincula las creencias al deseo es el estado emotivo. Dicho de otra forma, las creencias crean un mapa del mundo y los deseos apuntan a recorrerlo o, por el contrario, a evitarlo. Es más, si las emociones tienen que ver con una forma determinada de entender el mundo y provocan un comportamiento reactivo consecuente con esa visión, las emociones presuponen una «cultura común», un sistema de creencias y prácticas compartidas. Es decir, que sentimos y nos emocionamos de acuerdo con el entorno en el que hemos nacido y en el que vivimos”. [5]

“De esta forma, la suma de deseos satisfechos o frustrados contribuye a modificar las fuentes cognitivas que los generaron y a hacer que lo que, en principio, nos afectaba en sentido positivo deje de hacerlo si las expectativas se han frustrado. Esta sucesión de actitudes positivas o negativas se refleja en el comportamiento de cada uno y, a la larga, conforma eso que llamamos carácter.

Si lo que buscamos es la felicidad individual como la colectiva, con vistas a tal fin las emociones serán negativas o positivas, contribuirán a acrecentar el bienestar, la justicia o cualquiera de los valores morales, o a disminuirlos. En un sentido similar, Oakley afirma que una emoción es buena si va dirigida o corresponde a algo bueno o relacionado con el florecimiento humano”. [6]

 “Desde tales premisas y recuperando las emociones son apropiadas y ¿por qué lo son? para lograr el compromiso de la persona con lo público se produzca, se mantenga y no desfallezca. Para que la ciudadanía no caiga en la desmoralización, como hubiera dicho Aranguren”.

Poner de manifiesto la importancia moral de tener emociones apropiadas en el grado apropiado y en las situaciones apropiadas. «Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y en el momento correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.  Me refiero a Inteligencia emocional, de Daniel Goleman, un libro destinado a explicar no solo que las emociones cuentan en las relaciones humanas y profesionales, sino que es necesario y posible administrarlas con inteligencia.

“Las emociones, lo hemos visto, son formas de conocimiento y de valoración de la realidad. Suscitar las emociones oportunas para conseguir ciertos modos de ver y de apreciar las cosas es educar. Por eso, la educación de las emociones no puede ser una cuestión solo psicológica; es, sobre todo, una cuestión moral. Si la mayoría de las emociones tienen nombres de vicios o virtudes, envidia, odio, benevolencia, compasión, vergüenza–, significa que son vistas como coherentes o contradictorias con los valores y las nociones que configuran la moralidad.

“Llegar a conocer las propias emociones y aprender a administrarlas significa adquirir una «competencia emocional», absolutamente necesaria para la integración social y laboral, para adquirir confianza en uno mismo y para poder autoestimarse. En definitiva, el discurso terapéutico va dirigido a construir personalidades coherentes, a adquirir un sentimiento de competencia en el ámbito laboral y facilitar en general las relaciones sociales”.[7]

“Para conseguir gobernar las emociones, habrá que analizarlas y decidir la conveniencia de las mismas para desarrollar una personalidad que tenga en cuenta los principios y los valores éticos. Es la tarea que ocupó a Aristóteles, tanto en sus Éticas como en la Retórica, y también a Spinoza en su Ética. Filósofos más cercanos a nosotros, como Nietzsche, se muestran igualmente adversos a un racionalismo encumbrado que ha ahogado el peso de los sentimientos. Sartre es otro ejemplo en una breve teoría de las emociones que me parece interesante reseñar aquí porque, aunque directamente no hable de ello, nos ayudará a abordar el tratamiento ético de las emociones”.[8]

 “Sartre piensa que, en principio, las emociones no son más que una forma brusca de resolver un conflicto o un fracaso, una manera de eludir una dificultad que se nos presenta. La niña tímida que enrojece y rompe a llorar cuando alguien le riñe o la muchacha que, al encontrarse frente a un examen que no sabe resolver, rompe la cuartilla y sale del aula responden emotivamente a algo que eluden resolver. El proceso emotivo ocurre en la conciencia, pero esa conciencia, siempre en la opinión de Sartre y en clave fenomenológica, es irreflexiva, pues no es una conciencia de lo que voy a hacer, sino más bien una «conciencia del mundo. Por eso, Sartre entiende la emoción a la vez como «una forma de aprehender el mundo» y como una «transformación del mundo.

“Sin ser plenamente consciente de lo que hace, la conciencia cambia la dirección para ver las cosas de otra manera. Se produce en la persona algo parecido a lo que describe la fábula del zorro y las uvas: como no puede alcanzarlas, dice que están verdes. La frustración produce un cambio en la manera de aprehender la realidad: las uvas están verdes, no merece la pena esforzarse en cogerlas.

El mundo se transforma a los ojos del sujeto porque la emoción altera el mundo: nosotros constituimos la magia del mundo. Y todo ello forma parte de «la estructura de la conciencia», es algo que nos constituye. «La emoción no es un accidente, sino un modo de existencia, una de las formas que comprende (en el sentido heideggeriano de Verstehen) su Ser-en- el-Mundo”. [9]

 “De la teoría sartriana me interesa retener dos cosas. Primero, que las emociones adquieren significado por la conciencia que el sujeto tiene de las mismas y que irradia en su forma de ver y valorar el mundo. En segundo lugar, el carácter irreflexivo de dicho proceso que, ciertamente se da en la conciencia, pero es estructural en ella. Todo ocurre sin que nos demos cuenta. Creamos un mundo nuevo al que poder adaptarnos y lo hacemos sin pensarlo, sin reflexión previa. Aunque esa reflexión no es imposible. «Una conciencia reflexiva siempre puede dirigirse hacia la emoción» e interpretar, desde la reflexión, lo que está ocurriendo. Podemos decir que «fulanito me parece odioso porque estoy furioso», tras detenernos a pensar en nuestro odio y llegar a la conclusión contraria a la que sería inmediata e irreflexiva, y que se formularía al revés: «Estoy furioso porque fulanito es odioso». Tal reflexión, que modera y tiñe de objetividad la opinión del sujeto, le parece a Sartre rara y poco frecuente. Sin embargo, solo por ella se alcanza la liberación. «La liberación ha de venir de una reflexión purificadora o de una desaparición total de la situación conmovedora». Esta conclusión es la que debe interesarnos. Si las emociones producen una modificación del mundo aprehendido por la conciencia y, al mismo tiempo, nos hacen cautivos de esa nueva magia creada por nosotros mismos, la reflexión puede liberarnos del cautiverio, enseñarnos a aprehender el mundo de modo inteligente. Ése es, en gran parte el cometido de la ética”. [10]

 “Encauzar las emociones es darles un sentido, el sentido más idóneo para que la humanidad progrese y la convivencia entre las personas no se deteriore”.[11]

[1] Camps Victoria, “¿Qué son las emociones?, en El gobierno de las emociones”, Artículo digital, P. 1, fecha de consulta: 13 de octubre de 014, disponible: file:///C:/Users/Vivar/Downloads/Victoria_Camps_qu%C3%A9sonlasemociones%20(2).pdf

[2]Camps Victoria, “La educación sentimental, en El gobierno de las emociones”, Artículo digital, P. 1, fecha de consulta: 13 de octubre de 014, disponible: file:///C:/Users/Vivar/Downloads/Victoria_Camps_educaci%C3%B3nsentimental%20(1).pdf

[3]Camps Victoria, “¿Qué son las emociones?, en El gobierno de las emociones”,  P. 1.

[4] Camps Victoria, “¿Qué son las emociones?, en El gobierno de las emociones”, P. 2.

[5] Camps Victoria, “La educación sentimental, en El gobierno de las emociones”, Artículo digital, P. 3.

[6] Camps Victoria, “La educación sentimental, en El gobierno de las emociones”, Artículo digital, P. 4.

[7] Camps Victoria, “La educación sentimental, en El gobierno de las emociones”, Artículo digital, P. 6.

[8] Camps Victoria, “La educación sentimental, en El gobierno de las emociones”, Artículo digital, P. 5.

[9] Camps Victoria, “La educación sentimental, en El gobierno de las emociones”, Artículo digital, P. 6.

[10] Camps Victoria, “La educación sentimental, en El gobierno de las emociones”, P. 7.

[11] Camps Victoria, “La educación sentimental, en El gobierno de las emociones”, P. 9.

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