Resumen personal Semana del 12 al 18 de octubre

La ética es una inteligencia emocional. Llevar una vida correcta, conducirse bien en la vida, saber discernir, significan no solo tener un intelecto bien amueblado, sino sentir las emociones adecuadas en cada caso. Victoria Camps.

 “Victoria Camps prefiere hablar de emociones o de afectos, porque las pasiones implican, con su propio nombre, que son emociones que nos sobrevienen, que padecemos y que casi no podemos controlar. De ahí que las éticas antiguas hayan consistido en recetas y consejos para sofrenarlas. Y por ello hayan producido ideales de vida en los que no padecer, ni para bien ni para mal, era lo que se buscaba. Pero a la ética hay que ponerla en contexto histórico. Ya no vivimos en la sociedad de Aristóteles, sino en un mundo mucho más igualitario en el que la misma moral se ha democratizado. Y esto tiene consecuencias.

Sabemos cuáles son las emociones morales: son las que sirven para obrar, son las motivacionales. Victoria Camps enumera y somete a investigación a la compasión, la indignación, el miedo, la vergüenza. No son algo que padecemos, son algo que hacemos. Y tenemos que aprender a sentirlas en las circunstancias oportunas. En eso consiste el saber moral, en una educación sentimental que se logra por varias vías. Nos educan las emociones de los demás, la familia, el grupo de amistades, los medios de comunicación, la ficción. Hay muchas fuentes.

“Educar emocionalmente”, afirma, “implica tanto determinar qué debe emocionarnos, como la medida en que debemos emocionarnos”. La moral común se basa en vínculos emocionales. Y sólo si es vigorosa entonces se puede mantener la aspiración a una sociedad justa.

Tenemos que seguir estudiando cómo producir las buenas conductas, no sólo saber en qué podrían consistir. Para hacerlo necesitamos emociones correctas. Pero nos estamos descuidando de la educación y creando una ciudadanía indiferente sin contar con que la democracia es muy frágil.

Estamos en este inicio de milenio y en la parte más habitable políticamente del planeta en una sociedad de desconfianza generalizada, emociones medicalizadas y procesos identitarios violentos. Las propias emociones tienen una distribución social que es reflejo de las desigualdades que todavía subsisten.[1]

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“Los sentimientos nos mueven a actuar, no la razón”

 ¿Por qué actuamos como actuamos? ¿Por qué las emociones nos asaltan y se imponen a la reflexión, moviendo nuestra conducta? De estas y otras cuestiones hablamos con la filósofa Victoria Camps.

La filosofía, a lo largo del tiempo, ¿ha rehuido o despreciado profundizar en el estudio de las emociones?

La filosofía se ha referido mucho a las emociones, pero con otros nombres: pasiones, sentimientos. Sin embargo, más bien ha tendido a considerarlas negativamente, como algo que había que reprimir para que prevaleciera el juicio racional. Hay excepciones, como las de los tres filósofos que tomo como base de mi libro, El gobierno de las emociones. Son Aristóteles, Spinoza y Hume. No se puede decir que no sean racionalistas, pero consideran que razón y sentimientos se alimentan mutuamente y, además, que son los sentimientos los que motivan el comportamiento y no la razón. Esta última idea me parece sumamente importante para la ética.

¿Los afectos y los sentimientos merman o subvierten de algún modo nuestra capacidad de razonar?

Es cierto que los sentimientos en principio están descontrolados, pueden motivarnos para bien o para mal. El miedo es el mejor ejemplo. Es un sentimiento necesario, pero una persona temerosa de todo es cobarde, no se compromete y no actúa. Por otra parte, hay miedos provocados por creencias infundadas que conviene erradicar. Hay miedos producidos por alguien que quiere manipularnos. Por eso conviene saber qué produce miedo y si es conveniente cultivarlo o no. Meter a todos los sentimientos en el mismo saco, aduciendo que son pasiones que siempre impiden ver con claridad y comportarse en consecuencia, resulta contraproducente.

 Las emociones más incapacitantes, en su opinión, son las que, como la tristeza, merman la potencia de actuar y desmoralizan al ser humano. El miedo, la vergüenza, la indignación, la culpa pueden bloquear a quien los padece y hacer que su vida se detenga, inhibendo sus deseos y la capacidad de elegir.

Efectivamente, las emociones son necesarias porque sin ellas no hay motivación para actuar. Pero hay emociones inadecuadas, que solo nos inhiben de actuar o nos llevan a actuar erróneamente. El miedo o la vergüenza pueden ser buenos, pero pueden paralizar la acción. Indignarse está bien si el objeto de indignación merece esa reacción, pero puede ser pueril. Conocer el porqué de las emociones y gobernarlas es, a mi juicio, lo que hace la ética.

¿Cómo cree usted que deberíamos luchar contra el pesimismo y el miedo en nuestra época? ¿Cuáles son nuestros principales recursos?

Cuando a la filosofía se le pregunta: ¿cómo hacerlo?, nos desarman. La filosofía carece de respuestas prácticas. Por eso no es autoayuda. Entiendo, sin embargo, que el discurso teórico que conecta las emociones con la motivación para actuar es un paso para fijarse en algo más que el discurso racional. Saber que las emociones tristes no nos convienen, pero que es posible luchar contra ellas y superarlas, es el primer paso para no desesperarse. Finalmente, el recurso es la educación, pensar que los sentimientos son educables. Lo que dudo es que haya técnicas para hacerlo aplicándolas a cualquier caso.  El “conócete a ti mismo” es la vía para analizar por qué uno actúa como lo hace”. [2]

[1]Valcárcel Amelia“Razón y emoción”, Artículo digital, fecha de consulta 14 de octubre de 2014, disponible: http://elpais.com/diario/2011/07/02/babelia/1309565576_850215.html

[2] Castro Pepe, “Victoria Camps: “Los sentimientos nos mueven a actuar, no la razón”, Artículo digital, fecha de consulta; 13 de octubre de 2014, disponible: http://www.filosofiahoy.es/index.php/mod.pags/mem.detalle/idpag.5653/cat.4132/chk.b759546120dadad01c61e576d54e83b5.html

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